La Parábola de la Tortuga Cauta

Había una vez una pequeña tortuga, llamada Cauta, cuya vida había sido un perpetuo, escondite. 
Habiendo crecido en un entorno lleno de peligros, Cauta había desarrollado un hábito infalible: al menor indicio de un ruido o una sombra, retraía sus patas, su cabeza, y se sellaba por completo en la fortaleza de su caparazón.

No importaba si el que se acercaba era un depredador o un ser bienintencionado que solo quería admirar los destellos esmeralda y oro de su piel. 
El miedo de Cauta era un reflejo condicionado; para ella, todo acercamiento significaba una amenaza, y su caparazón era el único mundo seguro. Los que intentaban ayudarla o simplemente ver sus lindos colores para homenajear se encontraban con una piedra silente.

El tiempo pasó, y por designios del destino, Cauta llegó a un lugar legendario: el Valle del Sol sereno, un santuario paradisíaco para las tortugas. En este valle, las tortugas no solo eran cuidadas y protegidas, sino que eran reverenciadas por su sabiduría y paciencia. Se las nombraba las más sabias y valientes de todas las criaturas.

Al principio, Cauta se acurrucó y esperó a que el peligro pasara. Pero el peligro nunca llegó. Solo escuchaba los suaves susurros de otras tortugas que hablaban de confianza y hermandad, y veía cómo los seres que las cuidaban se acercaban con ofrendas de hojas frescas y agua clara, no con amenazas.

Poco a poco, con el temblor de la desconfianza, Cauta sacó su pequeña cabeza. Vio que las manos que se extendían no traían dolor, sino respeto. Vio que los ojos que la miraban no tenían hambre, sino admiración. Las palabras que le dirigían no eran para engañarla, sino para homenajea, por la belleza de su existencia.

Finalmente comprendió la verdad: no todo el mundo era malo Y que ella merecía ser admirada y homenajeada !!

Desde ese día, aunque Cauta no olvidó la prudencia, aprendió la diferencia entre el riesgo real y el simple miedo. Entendió que, para ser verdaderamente libre, a veces hay que salir del caparazón y permitir que la luz del sol toque la piel y que la bondad de los otros nos alcance